Otra forma de hacer arquitectura (que hay que apoyar)

Una de las arqui­tec­tas más bri­llan­tes de España nos dice esto:
[…] hace unos meses hemos ganado un con­curso inter­na­cio­nal para cons­truir un pequeño pabe­llon en NY.
La orga­ni­za­ción que cons­truye el pabe­llón es una ONG. El pabe­llón solo se cons­truirá si con­se­gui­mos sufi­ciente finan­cia­ción en internet.
Por eso os ruego que, en la medida de vues­tras posi­bi­li­da­des, nos ayu­déis en la finan­cia­ción de este proyecto.
Evi­den­te­mente, si podéis con­tri­buir finan­cie­ra­mente a la cam­paña os lo agra­dez­ce­ría en el alma. Pero hay otra manera de con­tri­buir: divul­gar la campaña.
Podeis ren­viar el link en vues­tras redes socia­les o pedir a la gente que entre en el face­book del estudio:
Y com­parta los post de la campaña.
Tam­bién podéis poner­nos en con­tacto con vues­tros cono­ci­dos en prensa y tele­vi­sión. Os ase­guro que es por una buena causa.
Yo he puesto mi gra­nito, o mi para­guas, o mi rueda de bici…

Una analogía inmunológica para las excusas internacionales para la inacción en cambio climático

La dipu­tada del PP Ana María Madrazo, en unas Jor­na­das sobre la Reforma Fis­cal Eco­ló­gica, Cre­ci­miento y Empleo en la UNED, sacaba a pasear el espan­ta­pá­ja­ros de la inac­ción de otros paí­ses para jus­ti­fi­car la pro­pia. “Puf, si piensa uno en Bra­sil y China, qué vamos a hacer noso­tros…” El pseu­do­co­ro­la­rio (“no haga­mos nada”) solo se sos­tiene gra­cias al nega­cio­nismo coti­diano en el que vivi­mos (“no es que crea que no existe el cam­bio cli­má­tico, es solo que hago exac­ta­mente lo mismo que si lo cre­yera”).
Pruebo una analo­gía médica: ¿deja uno de vacu­nar a sus hijos por­que otros pue­dan no hacerlo? Hay efec­ti­va­mente quien cree que no debe vacu­nar a sus hijos, como pueda haber quien crea que no existe calen­ta­miento glo­bal, o que no es grave, o que –lo más común, me parece– no tiene por qué hacer nada al res­pecto. Pero los que “cree­mos” en las vacu­nas (por qué puede haber quien no “crea” en ellas es un agrio debate, algo inquie­tante, en el que ahora no voy a entrar), segui­mos vacu­nando a nues­tros hijos. Y sin embargo la falta de vacu­nas de otros incre­menta el riesgo para todos. ¿Por qué nadie dice “ah, si otros no some­ten a sus hijos a este riesgo, yo tam­poco lo haré”?

Un método para pensar otras cosas, incluso a favor de los arquitectos

[Antes de empe­zar a leer, es impor­tante que vean  este pequeño vídeo de 1 minu­tos 41 segundos]

Cuando pre­paro algo con el colec­tivo de arqui­tec­tos Zuloark, me resulta difí­cil resis­tirme a una norma implí­cita de este colec­tivo (el de “los Zulo” y el de su pro­fe­sión): ser “ori­gi­nal” y “crea­tivo”. Hablando de la pro­fe­sión: me parece que esta urgen­cia algo maníaca por la crea­ti­vi­dad les lleva a redes­cu­brir cons­tan­te­mente medi­te­rrá­neos; por ejem­plo, cuando se ponen par­ti­ci­pa­ti­vos, como Max Estre­lla se ponía estu­pendo, y cons­ta­tan que la par­ti­ci­pa­ción ciu­da­dana es un ani­mal pode­roso, de com­ple­jí­sima anato­mía y difí­cil­mente con­tro­la­ble. Mez­clado con unos cri­te­rios de jui­cio poco com­par­ti­dos y desa­rro­lla­dos (con­fu­sión y pobreza de cri­te­rios en la que se entre­nan en su carrera), esto tam­bién lleva a una cierta inca­pa­ci­dad para apren­der jun­tos de la expe­rien­cia com­par­tida. Pocas veces el pro­blema al que aten­de­mos es radi­cal­mente nuevo, y pocas veces requiere solu­cio­nes radi­cal­mente nue­vas. Gene­ra­lizo, por supuesto. Para decir algo de algún inte­rés segu­ra­mente el pre­cio es el de ser injusto en lo concreto.

Pero otras veces sí, sí que merece la pena enfren­tarse a las cosas como si la Tie­rra y nues­tro entu­siasmo estu­vie­ran intac­tos, y aquí el des­par­pajo de los Zuloar­ki­tec­tos es de gran poten­cia vita­mí­nica. O más bien son como anabo­li­zan­tes con algo de LSD. El caso es que tenía­mos que “actuar” (luego resultó que fue en un pequeño tea­tro pre­cioso y que dra­ma­ti­za­mos bas­tante la cosa, así que le pue­den qui­tar las comi­llas) en Zara­goza, en el marco del Urban Out­cast Fes­ti­val. ¿Qué hace­mos? Pues algo nuevo, para enfren­tarse a un viejo pro­blema que, como tan­tos vie­jos pro­ble­mas que uno tiene, estaba a diez cen­tí­me­tros de mi nariz… pero hacia den­tro, hacia el inte­rior del cráneo.

El pro­blema lo había detec­tado con­ver­sando con unas alum­nas de Andrés Perea en la UEM. Quizá por­que está­ba­mos char­lando en la cafe­te­ría de mi facul­tad, me resultó más difí­cil acu­sar a los arqui­tec­tos, como llevo haciendo desde hace años, de no apren­der de sus expe­ri­men­tos, por ser inca­pa­ces de regis­trar la expe­rien­cia de sus clientes/usuarios/ciudadanos/per­so­nas. Bien, ¿y los soció­lo­gos? ¿Dónde estaba mi tra­bajo de campo “mapeando” cómo vivían su espa­cio y en sus espa­cios? Si era tan impor­tante ali­men­tar la arqui­tec­tura de estos cri­te­rios y aná­li­sis empí­ri­cos, ¿por qué no empecé yo, el que cuenta como pri­mera publi­ca­ción con un tex­ti­llo lla­mado “la gente hace el espa­cio, pero el espa­cio hace a la gente” (bueno, puse “man”, pero pro­meto que en sen­tido Mensch)?

La cues­tión es que lle­vaba mucho tiempo pen­sando lo mismo. Quiero decir que pen­saba las mis­mas cosas. Como los cami­nos espon­tá­neos que apa­re­cen en los par­ques mar­cando por dónde va la gente real­mente, y que tie­nen ese nom­bre tan bello de “sen­de­ros del deseo” (y que por cierto en Fin­lan­dia emplean los urba­nis­tas como indi­ca­do­res); si pen­saba estas cosas, es muy posi­ble que ofre­cie­ran la ruta men­tal más corta, más cómoda.

Así que plan­tea­mos un ejer­ci­cio que nos for­zara a alte­rar estas posi­cio­nes “dadas por sen­ta­das”, a con­tra­co­rriente de nues­tros ses­gos cog­ni­ti­vos. Pero, ¿son estos tan pode­ro­sos? Desde luego que sí. Como el vídeo que les reco­men­daba ver (toda­vía están a tiempo) mues­tra, lite­ral­mente no vemos aque­llo a lo que no esta­mos atentos.

¿Cómo hici­mos? Defi­ni­mos nueve afir­ma­cio­nes sobre la situa­ción, el papel, las capa­ci­da­des de esa enti­dad fan­tas­ma­gó­rica lla­mada “el arqui­tecto”. Sobre cada una de ellas, podía­mos estar “a favor” o “en con­tra”, claro. Y enton­ces pro­ce­di­mos a cons­truir argu­men­tos para defen­der… aque­llas con las que está­ba­mos, en prin­ci­pio, en desacuerdo. Y de ese modo la magia (nega­tiva) de los ses­gos de con­fir­ma­ción, que hacen des­a­pa­re­cer la evi­den­cia y los argu­men­tos cuando están en con­tra de nues­tra opi­nión, se vol­vía a favor del cam­bio, de la recon­si­de­ra­ción. Por­que el cere­bro es casi igual de bruto y ses­gado con una opi­nión fake que con la de ver­dad de la buena. De pronto, veía por todas par­tes infor­ma­ción y razo­na­mien­tos con­du­cen­tes a afir­mar que los arqui­tec­tos son cruciales.

Por ejem­plo: me tocaba decir que los arqui­tec­tos iban a encon­trar tra­bajo. Nada menos. Y ¿qué se (me) hizo evi­dente? Que nos la jugá­ba­mos con ellos. Hasta ahora, hemos tra­tado el mundo como si estu­viera “vacío”, en tér­mi­nos de Her­man Daly. Desde luego ya no es así, pero las iner­cias polí­ti­cas, eco­nó­mi­cas y cul­tu­ra­les no nos faci­li­tan pre­ci­sa­mente la tarea de desa­rro­llar las ins­ti­tu­cio­nes y for­mas de vida y pen­sa­miento ade­cua­das a un “mundo lleno”.

¿Qué pro­fe­sión iba a estar en pri­mera línea en esta mar­cha hacia los lími­tes? Pre­ci­sa­mente una de las encar­ga­das de lle­nar ese mundo de hor­mi­gón, acero, ladri­llo y lo que se ter­cie: los arqui­tec­tos. Por lo tanto, serán eso que lla­man “el cana­rio en la mina”, que con su muerte dela­taba la pre­sen­cia de grisú a los mine­ros: segu­ra­mente se trate de la pri­mera pro­fe­sión que requiere una rein­ven­ción casi com­pleta. No es sen­ci­llo, pero es posi­ble, por muchas razo­nes que ahora, tras el ejer­ci­cio de pen­sar desde “el otro lado”, me pare­cen vero­sí­mi­les, incluso evi­den­tes. Entre otras, pre­ci­sa­mente por­que en su ejer­ci­cio y en su for­ma­ción son una espe­cie de fósil viviente de la época de los arte­sa­nos y los apren­di­ces, y por­que han man­te­nido como iden­ti­dad la pri­ma­cía de la crea­ti­vi­dad y las recom­pen­sas intrín­se­cas (“un tra­bajo bien hecho”) frente, o al menos junto a, las mate­ria­les. Es decir, que a no ser que los arqui­tec­tos empie­cen a encon­trar tra­bajo a miles, en miles de pro­yec­tos de reha­bi­li­ta­ción sos­te­ni­ble, segu­ra­mente esta­re­mos siguiendo la ruta del “busi­ness as usual” que nos lleva dere­chi­tos a la catástrofe.

¿Pode­mos ver sig­nos de esa dolo­rosa tran­si­ción a otra arqui­tec­tura? Sí. El mejor ejem­plo que conozco es el están­dar, o bien lla­mado “desa­fío”, Living Buil­dings.  Una de sus exi­gen­cias para cer­ti­fi­car un pro­yecto: por cada hec­tá­rea de desa­rro­llo, una exten­sión de tie­rra equi­va­lente lejos del terreno del pro­yecto debe apar­tarse en per­pe­tui­dad como parte de un inter­cam­bio de hábi­tats. Y así hasta veinte, desde el uso neto de ener­gía cero a un “entorno civi­li­zado”, según el cual cada espa­cio inte­rior ha de tener ven­ta­nas prac­ti­ca­bles que pro­por­cio­nan acceso al aire fresco y la luz natu­ral. Sí señor. Yo ima­gino una Escuela de Arqui­tec­tura tras otra adop­tando Living Buil­dings como cri­te­rio de eva­lua­ción de sus Pro­yec­tos Fin de Carrera, y me emo­ciono de verdad.

Pero en este post que­ría más bien des­ta­car la capa­ci­dad del método de pen­sar desde el otro, con el otro. Jonat­han Haidt avanzó el modelo de intui­cio­nismo social, here­dero de Hume, en su artículo de 2001 sobre el “perro emo­cio­nal” y su “cola racio­nal” (para dejar claro quién mueve a quién), sobre la rela­ción entre los sis­te­mas 1, rápi­dos, intui­ti­vos y emo­cio­na­les (y muchas veces opa­cos para noso­tros mis­mos), y los sis­te­mas 2, len­tos, lógi­cos y racio­na­les (en tér­mi­nos del mag­ní­fico libro del Nobel Kah­ne­man). En una frase bri­llante, Haidt señala que la razón es el secre­ta­rio de prensa de emo­cio­nes e intui­cio­nes. ¿No hay espe­ranza, pues, para salir de nues­tros ses­gos? Bueno, se puede recu­rrir a ejer­ci­cios como este que les cuento que hici­mos con Zuloark en Zara­goza, y que se basan en esto:

Si la prin­ci­pal difi­cul­tad para el razo­na­miento moral obje­tivo son los ses­gos en la bús­queda de evi­den­cia […], enton­ces la gente debe­ría apro­ve­char el vínculo de la per­sua­sión social y con­se­guir que otras per­so­nas les ayu­den a mejo­rar su razo­na­miento. Bus­cando com­pa­ñe­ros de debate res­pe­ta­dos por su sabi­du­ría y aper­tura de miras, y hablando de la evi­den­cia, la jus­ti­fi­ca­ción y los mati­ces… (Haidt, 2001, p. 829)

Yo tengo la suerte de con­tar con bue­nos ami­gos arqui­tec­tos que se pres­tan a eje­cu­tar con­migo este com­plejo baile, en el que el paso fun­da­men­tal es la con­fianza. Creo que es, de hecho, el apren­di­zaje básico de la gran coreo­gra­fía de una demo­cra­cia genuina. Pero eso merece otro post.

By the way: los asis­ten­tes tuvie­ron la opor­tu­ni­dad de votar online sobre su (des)acuerdo con nues­tras afir­ma­cio­nes, y estos fue­ron los resul­ta­dos (más votos, más grado de acuerdo con la afirmación):

Los arqui­tec­tos no con­se­gui­rán cam­biar las for­mas de tra­bajo de la admi­nis­tra­ción: 21

La arqui­tec­tura de los palés es un anun­cio de lo que será la arqui­tec­tura del futuro: 15

La for­ma­ción del arqui­tecto nunca le per­mi­tirá ser útil: 14

Un arqui­tecto no sirve de nada para luchar con­tra el cam­bio cli­má­tico: 9

Los arqui­tec­tos no van a encon­trar tra­bajo NUNCA JAMÁS: 9

Los arqui­tec­tos NO con­tri­bui­rán a la revo­lu­ción: 7

Los arqui­tec­tos no pue­den ayu­dar a cons­truir un espa­cio público digno de tal nom­bre: 6

La arqui­tec­tura siem­pre estará del lado del poder: 6

Los arqui­tec­tos no podrán nunca enten­der a los usua­rios: 3

Thinking, fast and slow

Y con lec­tura socio­po­lí­tica. En serio, lo de El Roto es inmar­ce­si­ble y excelso.

Sis­tema 1 y sis­tema 2, con puñetas.

 

Pero fíjense que esto de los jui­cios y los pre­jui­cios tiene más miga (jeje). Miren la pro­por­ción entre sen­ten­cias posi­ti­vas y nega­ti­vas (cuanto más abajo, más nega­ti­vas) entre jue­ces israe­líes, depen­diendo de si habían comido o tenía ham­bre (líneas pun­tea­das, las comidas):

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