¿Gasto o servicio? Lúmenes y ESEs

Actualización dos: como señala Ángel Fernández en su comentario, efectivamente la idea clave es cuántos lúmenes/hora (lo que necesitamos) obtenemos por kilowatio/hora (lo que pagamos). Esta es exactamente la idea de eficiencia, que requiere un lenguaje distinto que el de gasto. Está implícito en el texto, pero realmente no lo había dejado claro.

Actualización: no se pierdan el como siempre bien informado comentario de Borja Comendeiro, que aparece al final del post. Creo que mi versión de cómo comprar bombillas sigue valiendo, precisamente por su simplicidad, pero todos los parámetros que añade Borja son de gran interés. Y sería estupendo que viniera a mi casa un arquitecto especializado en iluminación para hacer lo que menciona… eso sí, lo mejor sería que lo hiciera uno de una ESE (por ejemplo), que fuera visitando las casas del barrio, dejando tras de sí mejor iluminación y menos gasto energético.

Una ilustración curiosa (y de paso, un poquito de información práctica para usted, lector, si sabía tan poco de esto como yo, autor) del desajuste entre nuestro vocabulario, nuestros modelos del mundo, y los cambios tecnológicos, incluso los más sencillos y positivos: ¿cómo comprar una bombilla? Creo que la respuesta, la dificultad de la respuesta, explica una parte de la dificultad de poner en marcha las empresas de servicios energéticos.

Vayamos a lo básico: ¿qué quiere uno de una bombilla? Luz, ¿verdad? Entonces, ¿por qué las medimos todavía en vatios, que son unidades de potencia, es decir, el ritmo al que consumimos energía eléctrica? ¿Quiere usted una de 40 vatios, para su mesilla, o una de 100 vatios, para el salón? ¿Por qué no hablamos de las bombillas en lúmenes, la unidad apropiada para la potencia luminosa? Una de 850 (lúmenes) para la mesilla, por ejemplo, o una de 1600 para el salón. Está claro por qué: durante mucho tiempo, la única tecnología extendida era la bombilla de filamento incandescente, que básicamente consistía en calentar un metal tanto, tanto, que se generaba luz como subproducto. Y precisamente porque no se producían mejoras sistemáticas, los consumidores organizamos un modelo mental estable, en el que 100 vatios “era” mucha luz, 40 vatios poca.

Los tubos fluorescentes hubieran podido suponer una primera complicación, porque son mucho más eficientes a la hora de generar lúmenes: un tubo típico de 18 vatios genera 1300 lúmenes, más o menos lo que una bombilla incandescente de 100 w. Pero no fue así, porque pasaron a ser, en la práctica, de un único tipo en el mundo doméstico. En la cocina, uno ponía “un par de fluorescentes”, no “dos de 18 w”. Nunca hicimos la transición, el aprendizaje colectivo, a medir la luz en unidades de luz, y el abanico de luminosidades siguió siendo equivalente, en el modelo mental de los usuarios, al de potencias eléctricas.

Pero llegaron los CFLs (en la práctica, un tubo fluorescente chiquitito y con temperaturas de color más cálidas), y luego los LEDs. Y resulta que ahora se puede generar “la misma luz” con una quinta parte del consumo de energía (lúmenes por vatio, bueno, lumen/hora por vatio/hora) y cada vez menos. Por lo tanto, necesitamos incorporar este nuevo vocabulario popular de medición: Manolo, cómprame una de 1600 para la sala de estar; Meritxell, necesitamos una de 800 para la pequeña de la habitación. Lúmenes, claro. Y tampoco sería descabellado pensar que aprendiéramos que una temperatura de color de 2500 o 2800 es “amarillita”, cálida, como las de tungsteno “de antes”, y 4000 blanca, y si es mucho más vamos al azul. Ya está: ya sabe usted comprar luz en medidas de luz y colores de luz, y no en gasto energético o en tipos de bombilla.

¿Qué es una Empresa de Servicios Energéticos (ESE)? La posibilidad de comprar los servicios que proporciona la energía, por menos energía que antes, y hacer negocio con la diferencia. La vida en lúmenes, no en vatios. Usted, ¿qué quiere? ¿Quemar combustible, o estar calentito? Si yo le digo que va a estar igual de confortable, pero gastando menos energía, y nos repartimos el ahorro, ¿qué le parece?

Estas empresas, con sus puestos de trabajo de cualificación media y alta, su evidentes incentivos a la innovación (cuanto más formas de ser eficaces desarrollen, más beneficio), su impacto en el ahorro energético y el cambio climático, son candidatas a formar parte de una nueva “economía verde”. ¿Por qué no son tan normales como la panadería del barrio? Primero, porque el petróleo (o el carbón o el gas natural), la energía de combustibles fósiles, no cuesta lo que debe. ¿Por cuánto me vendería usted un trocito de cemento? Y si esos trocitos de cemento los fuéramos sacando de los cimientos de su casa, ¿a que me los vendería cada vez más caros, e incluso se pensaría si vendérmelo siquiera? Pues lo mismo con el petróleo, y la casa Tierra. Sí, sí, tiene que costar muchísimo más, lo siento (no se preocupe, que el mercado sirve para estas cosas, para reinventar la economía). Los precios deben decir la verdad, y ahora no lo hacen. Siempre pienso en ese cuadro de Sorolla, Y luego dicen que el pescado es caro (aquí, con comentarios artísticos):

Pero también tiene que ver con nuestras dificultades para entender qué es esto tan raro de vender ahorro, quién lo hace, cómo se sabe de quién fiarse, si lo ha hecho ya el cuñado de uno y por cuánto… los modelos mentales con los que funciona de verdad el mundo. De acuerdo, pues empecemos. Hoy, lúmenes, no vatios. Mañana, el impuesto al carbono y que venga la ESE a la reunión de la comunidad de vecinos. No podemos negarnos a aprender.

 

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